La líder de la extrema derecha francesa, Marine Le Pen, anunció sin rodeos que se postula a las elecciones de 2027 aunque un tribunal le haya impuesto un brazalete electrónico por malversación de fondos del Parlamento Europeo. La condena por usar dinero público para pagar a su propio partido no le impidió declarar ante las cámaras de TF1: “Esta noche soy candidata”. Como si llevar una tobillera fuera un accesorio más de campaña y no un recordatorio constante de que el juez te tiene vigilado las 24 horas.
El tribunal de apelación le rebajó la inhabilitación y le permitió presentarse, pero Le Pen ya avisó que recurrirá hasta la Corte de Casación para no tener que lucir el aparatito durante la campaña. Mientras tanto, su partido Agrupación Nacional había empezado a preparar al joven Jordan Bardella como plan B, por si la jefa quedaba fuera de juego. Ahora todos vuelven a mirar a Le Pen, que ya perdió tres veces la presidencia y parece decidida a intentarlo una cuarta aunque tenga que dar mítines con el pie izquierdo atado.
La sentencia llegó justo cuando las encuestas la daban como favorita. Le Pen insiste en que los votantes pasarán por alto la condena, como quien ignora que el vecino tiene una orden de alejamiento pero sigue invitándolo a la barbacoa. El resultado es otro capítulo de sainete político: una candidata que promete gobernar Francia mientras el juez le controla los movimientos, un partido que cambia de plan según le pongan o no la tobillera, y un país que observa cómo la extrema derecha sigue adelante aunque el brazalete electrónico pite cada vez que se acerca demasiado a la sede del Parlamento Europeo.
Absurdo total, pero con tobillera incluida.