La isla volvió a sufrir un apagón total que dejó sin electricidad a 9,6 millones de habitantes, el tercero en menos de medio año. Diez provincias ya tienen algo de luz, pero en La Habana solo el 65 % de los hogares puede encender el ventilador sin que se les funda la esperanza. Las autoridades culpan a una oscilación de voltaje combinada con la falta de combustible, que Washington supuestamente bloquea como quien niega el paso a la cisterna del edificio.
Díaz-Canel calificó la situación de “genocida” y acusó a Estados Unidos de querer provocar un estallido social por asfixia, mientras la termoeléctrica Antonio Guiteras se apaga por decimoquinta vez este año como si tuviera gripe crónica. Los cubanos, entre tanto, siguen adaptándose: “Nosotros los cubanos nos adaptamos a lo bueno y a lo malo”, declaró una jubilada de 73 años con la misma naturalidad con la que alguien acepta que el ascensor nunca funciona.
Del otro lado, el embajador estadounidense Mike Waltz negó que exista bloqueo alguno y aseguró que el único embargo real es el que el régimen cubano impone a su propia gente. Mientras tanto, en la ONU, Bruno Rodríguez denunció una “guerra multidimensional” y logró 136 votos a favor de condenar el embargo, aunque ya nadie parece tomarse el asunto muy en serio.
Al final, otro capítulo de comedia absurda: una isla que se queda a oscuras cada pocos meses, un gobierno que echa la culpa al vecino del norte, un vecino que dice que la culpa es del inquilino, y millones de personas encendiendo velas mientras esperan que alguien, en algún momento, decida arreglar las plantas que se caen a pedazos. Todo muy político, muy diplomático y, sobre todo, muy ridículo.