¡Atención, camaradas del Caribe! El Tío Sam, con Donald Trump al mando y Marco Rubio de portero, ha decidido que la fiesta en la isla comunista se acabó. Esta vez no es un bloqueo más de los de siempre: es un bloqueo petrolero con esteroides que ha dejado a la gente sudando más que en un apagón de agosto en La Habana. Y como si fuera poco, ahora van por las “pillar interconectadas” del aparato estatal: milicias populares, brigadas de respuesta rápida y hasta la Asociación de Combatientes de la Revolución. Todo eso, junto con Antex, el ministerio de Turismo y un montón de empresas que suenan a juego de mesa (Gecomex, Caudal, Gemar, Enetec y Coreydan), se ha quedado sin poder tocar un solo dólar yanqui. Confiscados los bienes, prohibidas las compras y ni un banco que les dé ni un centavo.
Imagina a las brigadas de respuesta rápida, esas que antes corrían más que un vendedor de café por la calle, ahora convertidas en un club de jubilados que solo pueden responder con palos de escoba porque el combustible se fue de vacaciones. Y Gaesa, el conglomerado del ejército que mueve la economía como si fuera el dueño del Monopoly cubano, ya está vendiendo activos más rápido que un timbiriche en crisis. El Departamento del Tesoro hasta aclara que “no queremos joder a los inversores extranjeros normales”, pero si te quedas atrapado con acciones en Cuba, llama a la Oficina de Control de Bienes Extranjeros antes de que te congelen hasta el alma.
En resumen, mientras el régimen intenta salir del atolladero vendiendo lo poco que le queda, el mensaje de Washington es clarito: “O cambian el sistema o se quedan sin luz, sin gasolina y sin el más mínimo chance de comprar un refresco importado”. ¡Y que viva el absurdo! Porque en este sainete caribeño, las sanciones suenan más a telenovela de traiciones que a política seria. ¡Cuba, ponte el casco… o el sombrero de paja, que viene otro apagón!