En un movimiento que parece sacado de una comedia de enredos entre vecinos ruidosos, Reino Unido y la Unión Europea han sellado oficialmente un tratado sobre el futuro de Gibraltar. El objetivo es que los cruces dejen de parecer un examen de aduanas medieval y se conviertan en algo tan sencillo como pasar del bar de la esquina al quiosco de al lado.
El documento se firmó en Bruselas con la presencia del comisario europeo de Comercio, el ministro británico para Europa, el ministro español de Exteriores y el propio jefe de Gobierno gibraltareño. Entre todos parecían más un equipo de fútbol variopinto que una cumbre diplomática.
A partir de ahora, los gibraltareños cruzarán a España solo con su tarjeta de residencia, sin que les estamparren el pasaporte como si fuera un vale de descuento. Los españoles, por su parte, solo tendrán que enseñar el DNI, como quien saca la cartera para pagar el café. Sin embargo, quien llegue volando al aeropuerto de Gibraltar seguirá sufriendo un doble control de pasaportes que recuerda al momento en que dos porteros de discoteca deciden cachearte por si llevas chicle.
Reino Unido, que se quedó con el Peñón en 1713 tras el Tratado de Utrecht, parece decidido a copiar el sistema que usa la policía francesa en la estación de St. Pancras de Londres. Es decir, controles compartidos que eviten que el viajero sienta que está participando en una carrera de obstáculos con sello incluido.
El acuerdo pone fin a años de incertidumbre que tenían a Gibraltar más nervioso que un gato en una habitación llena de mecedoras. Ahora solo falta ver si los controles funcionan tan bien como prometen o si terminan pareciéndose a otra de esas promesas que se quedan en el cajón junto al turrón de Navidad.