En la capital francesa se reunieron los 37 miembros de la llamada Coalición de Voluntarios, un grupo tan numeroso que parece más una cola de la lotería que una cumbre seria. Allí, con Zelenski de invitado estrella, decidieron que lo mejor para acabar con la guerra es venderle a Ucrania dieciséis cazas Rafale nuevos, como quien regala un coche de segunda mano pero con misiles incluidos.
Macron, con cara de vendedor de concesionario, también anunció baterías antiaéreas de última generación para que los ucranianos dejen de recibir misiles rusos como si fueran spam en el móvil. Según él, todo esto reforzará las defensas mientras la Fuerza Multinacional hace ejercicios en países vecinos una vez que se callen los cañones. Imagínate a los soldados practicando maniobras como si fueran un equipo de fútbol sala preparando el penalti definitivo.
Antes de la reunión, nueve países europeos más Ucrania montaron su propia coalición “puramente defensiva” para fabricar escudos antibalísticos. Es decir, un club de protección contra cohetes que Kiev necesita con urgencia porque los ataques aéreos no perdonan ni a los que se esconden bajo la mesa.
El plan suena a película de acción barata: jets franceses, escudos europeos y maniobras militares que parecen el ensayo general de un desfile. Lo único que falta es que alguien proponga regalarle a Rusia un silbato para que pare cuando se canse. Porque al final, entre tanta reunión y tanto anuncio, la guerra sigue pareciendo ese vecino que promete dejar de hacer ruido pero nunca cumple.