Italia, Polonia y otros ocho países (Bulgaria, Chipre, República Checa, Estonia, Grecia, Hungría, Rumanía y Eslovaquia) acaban de firmar una carta donde le piden a Bruselas que se olvide del nuevo precio del carbono para la gasolina, el gasoil y la calefacción. Según ellos, los ciudadanos europeos ya tienen bastante con pagar el alquiler, la luz y las facturas como para que ahora les cobren también por exhalar dióxido de carbono.
La Comisión Europea quería estrenar este ETS2 en 2028, pero los diez rebeldes exigen que se revise todo antes de que empiece la fiesta. Su argumento es tan directo como una bofetada: “En la situación económica y geopolítica actual, que no nos metan más impuestos climáticos”. Traducido: “Ya bastante caro está vivir, no nos pongan otro recibo”.
Además, piden que las industrias reciban más derechos de emisión gratuitos sin tantas condiciones. La Comisión responde que solo dará esos regalos a quien invierta en descarbonización. Los países contestan: “Danos los derechos y luego vemos”. Clásico regateo de mercado.
Alemania y Suecia, que defienden el impuesto, argumentan que la plata recaudada servirá para ayudar a la gente a comprar coches y calderas limpias. Los diez firmantes responden que prefieren no pagar primero para que después les devuelvan una parte. Como quien dice: “Primero me cobras el billete del cine y luego me das palomitas gratis”.
Bruselas ya tuvo que aplazar un año el invento por las protestas. Ahora, con estos diez países teniendo poder de veto, el nuevo impuesto corre el riesgo de quedarse en los papeles, como tantas promesas electorales. Mientras tanto, los ciudadanos siguen calentando la casa y llenando el depósito, preguntándose si algún día el único carbono que no les van a cobrar será el del carbón que ya no usan.