La isla de 9.6 millones de habitantes volvió a quedarse sin luz por enésima vez en menos de diez días, esta vez por una “oscilación” del sistema que sonó más a excusa de técnico de nevera vieja que a explicación técnica. Solo el 11.5% de las casas en La Habana tenían electricidad al anochecer, lo que en buen cubano significa que la mayoría seguía alumbrándose con velas como en los tiempos de Martí… pero sin la poesía.
Este es el quinto apagón total del año y el décimo desde finales de 2024. Las dos veces anteriores tardaron más de 24 horas en arreglarse, y aun así siguieron los cortes parciales porque las termoeléctricas, algunas con más de 40 años de servicio, se apagan cuando les da la gana. El ministro de Energía, Vicente de la O Levy, lo resumió sin rodeos: “Es prácticamente una guerra”. Y añadió que hay “total ausencia de combustible” por culpa de la orden de Trump de bloquear el petróleo. O sea, el embargo de 1962 ahora viene con extra de diésel negado y sin piezas de repuesto.
Mientras tanto, la gente ya no sabe si reír o llorar. María Caridad Álvarez, ama de casa de 62 años, lo dijo claro: “Cuando me levanté por la mañana vino la luz, hice frijoles, y ahora sales y se ha vuelto a cortar. Esto no tiene solución”. En los barrios más jodidos, los vecinos prenden fuego a montones de basura o golpean cacerolas desde adentro de las casas, como si el ruido pudiera revivir las plantas generadoras. Algunos ya perdieron hasta las ganas de seguir la revolución, según cuentan.
En resumen, siete centrales obsoletas que se caen solas, generadores sin diésel, un bloqueo que Trump reforzó en enero y un país entero contando horas a oscuras como si fuera un concurso de resistencia. Cuba sigue alumbrando el Caribe… pero solo cuando le da la gana la luz. Y eso, en este capítulo, parece que va para largo.