El Parlamento japonés ha aprobado una reforma de la ley de sucesión imperial que parece sacada de un guion de *Los Serrano* pero sin la gracia: prohíbe expresamente que una mujer pueda sentarse en el Trono del Crisantemo, aunque las encuestas muestren que más del 70 % de la gente lo apoya. Es como si en España el Congreso decidiera que solo los hombres pueden ser reyes porque “así lo manda la tradición del bingo familiar”.
El futuro de la dinastía recae ahora sobre el príncipe Hisahito, de 19 años, que estudia biología y aún no tiene hijos varones. Si no los tiene, la línea se extingue. Las ocho emperatrices que hubo en la historia ya no cuentan: la ley de 1889, esa que parece escrita por un abuelo cascarrabias, solo permite sucesión masculina por vía paterna. La popular princesa Aiko, de 24 años, puede olvidarse del trono aunque sea la hija del emperador Naruhito. Es como si en una familia española la hija mayor fuera la más lista y aun así le dijeran “tú a fregar platos, que el piso es de tu hermano”.
La reforma sí permite que regresen once familias de parientes lejanos masculinos, siempre que estén solteros y tengan más de 15 años. Sus antepasados se separaron tras la Segunda Guerra Mundial y ahora están “a 36 o 38 grados de parentesco”, es decir, más lejos que un primo segundo de Cuenca. Además, las mujeres ya no perderán su estatus al casarse con un plebeyo, pero sus hijos seguirán sin poder reinar. Es el clásico “puedes quedarte en la foto, pero no en el testamento”.
La conservadora Sanae Takaichi, primera ministra en funciones, se opone a la sucesión femenina como quien defiende que el fútbol sala solo lo jueguen tíos. Un diputado del mismo partido lo llamó “indignante” y un anciano de 81 años de esas ramas imperiales ha dicho que aconsejará a sus nietos que rechacen el ofrecimiento: “Cuando se enteren de lo que es vivir como realeza, no querrán ni acercarse”.
Mientras tanto, las encuestas del Mainichi y el Asahi muestran que la gente quiere emperatriz mujer por goleada. Pero el Partido Liberal Democrático prefiere ignorar a la opinión pública como quien hace oídos sordos cuando la suegra pide que baje la música.
Resumen: Japón ha decidido que el imperio es cosa de hombres, aunque la mayoría prefiera que Aiko reine antes que un primo lejano que ni siquiera sabe dónde está el palacio. Como en tantas familias: el varón hereda el piso, la mujer hereda el cabreo.