Donald Trump, ya con 80 años y sin poder volver a presentarse, ha decidido montar otro numerito para movilizar a sus fieles antes de las legislativas de noviembre. El presidente ha prometido “un gran anuncio” sobre la limpieza de las elecciones, aunque las encuestas muestren que seis de cada diez estadounidenses están más hartos de él que de las paellas de carretera.
El magnate ha presionado a las cadenas para que emitieran su discurso en horario estelar, pero ABC, NBC y CNN le han dado plantón como quien evita la boda de un primo que siempre pide dinero. Solo CBS ha accedido, probablemente por pena. Trump, enfadado como un abuelo que no le dejan ver el fútbol, ha insistido en que las elecciones están corruptas y que hay que endurecer los requisitos para votar: documento de identidad nacional y menos voto por correo. Es decir, que el que no tenga pasaporte se queda en casa mirando la tele.
Mientras tanto, reconoce que se “desvió” de su programa populista al meterse en la guerra de Irán, lo que ha subido la gasolina y la inflación hasta el 3,5 %. Ahora intenta recuperar el voto independiente y el hispano recordando que “las elecciones son corruptas”, aunque la gente esté más preocupada por el precio de la cesta de la compra que por un culebrón que ya lleva años repitiendo.
El proyecto de ley que quiere aprobar, ese que los demócratas llaman intento de poner trabas al votante normal, divide hasta a los suyos. Trump sigue repitiendo que sin elecciones “libres y justas” no hay país, mientras sus votantes más fieles siguen aplaudiendo y el resto se pregunta si esto es política o simplemente otro capítulo de “el que pierde siempre tiene la culpa de otro”.
Resumen: Trump monta un mitin televisado para que nadie se olvide de que le robaron todo, las cadenas le hacen el vacío y el votante medio sigue más pendiente de la factura de la luz que de documentos de identidad. Como en tantas familias españolas: el abuelo que no para de hablar del pucherazo del 78 mientras la mesa ya está recogiendo los platos.