Managua, Nicaragua. En un acto por el aniversario número 47 de la revolución sandinista, Daniel Ortega, de 80 años y con aspecto de estar más tieso que estatua de parque, soltó la bomba: “Que se olviden, aquí no volverán a haber elecciones”. Dicho de otra forma, el hombre que lleva casi veinte años en el poder decidió que la democracia es cosa del pasado y que los opositores en el exilio pueden seguir soñando… desde Costa Rica, España o donde sea que los haya mandado.
El veterano exguerrillero, que ya gobernó en los ochenta y regresó en 2007 como si fuera un disco rayado, apareció manejando un auto pese a que los últimos meses lo veían caminar como si le hubieran cambiado las piernas por dos palos de escoba. Al lado, Rosario Murillo, ahora elevada a copresidenta gracias a una reforma constitucional que le dio poder total, sonreía como quien ya tiene todo controlado.
Ortega, en plan abuelo cascarrabias, acusó a la oposición de “conspirar” y de querer que “los partidos puestos por los yanquis” vuelvan al gobierno. Su solución: “Vamos a ponerles un muro, un bloque, una pared de ladrillos y cemento”. Básicamente, el mismo tipo de muro que uno levanta cuando no quiere que entre el vecino ruidoso… pero a escala nacional y con ley incluida.
La reforma que alargó el mandato presidencial de cinco a seis años ya dejó claro que las próximas elecciones, si es que las hay, serán en 2027. O sea, dentro de una eternidad para cualquier opositor que siga respirando. Entre tanto, los críticos siguen exiliados, sin nacionalidad y sin bienes, mientras miles de nicaragüenses hacen fila en las fronteras buscando refugio.
Los opositores en el extranjero todavía sueñan con que la presión internacional logre algo. Ortega, en cambio, ya les mandó el mensaje final: “Jamás, jamás, jamás”. Tres veces para que quede bien grabado, como si estuviera gritándole a la tele.
En resumen, el sandinismo celebró su aniversario con un anuncio claro: la fiesta se acabó, el micrófono es de ellos y nadie más sube al escenario. Los que quieran votar que lo hagan… en sus sueños. O desde el exilio, que para eso sí hay pasajes.