Teherán. El presidente iraní Masud Pezeshkian soltó la verdad como un balde de agua fría: “Estamos metidos en una guerra a gran escala”. Dicho en cristiano, los misiles ya no son un pasatiempo de fin de semana, sino que volaron directo al noroeste del país, incluyendo Tabriz y Urmia, donde la gente ahora sale a la calle con casco de obra y rezando que no les caiga nada más pesado que un folleto publicitario.
Por novena noche seguida, Estados Unidos mandó otra tanda de bombas a las once de la noche, hora exacta en la que cualquier persona sensata ya está durmiendo. Washington asegura que solo golpea instalaciones militares, pero Irán responde que también rozaron la central nuclear de Bushehr y la que está en construcción en Darkhovin. O sea, el clásico “solo tocamos lo militar… pero si se quema algo más, fue un accidente”.
Donald Trump, desde su lado del charco, justificó los ataques diciendo que eran “en honor” a los soldados estadounidenses muertos recientemente. Total, diecisiete bajas desde febrero. Del lado iraní, ya van cincuenta muertos y más de quinientos heridos. Un numerito que parece sacado de un partido de fútbol con resultado abultado.
Como si no bastara, Irán decidió bloquear el estrecho de Ormuz otra vez. Resultado: el barril de petróleo subió como la espuma y ahora cuesta más llenar el depósito que comprar un coche nuevo. Dos barcos intentaron pasar y, según los Guardianes de la Revolución, “explotaron y fueron detenidos”. En la práctica, el estrecho se convirtió en el peor atasco marítimo del mundo, con el añadido de que nadie quiere pasar por ahí ni para ir al baño.
Mientras tanto, Teherán sigue hablando de “mediadores” con Pakistán, Catar y Omán, como si fueran vecinos que van a mediar una bronca de portería. Y de paso, Trump sigue enviando misiles como si estuviera mandando postales de vacaciones: “Te recuerdo que sigo enfadado”.
En resumen, lo que empezó como una bronca por el control de un canal de agua se ha convertido en un espectáculo de fuegos artificiales nocturnos donde los dos bandos aseguran que solo defienden su soberanía. Los que pagan la fiesta, como siempre, son los que viven debajo de las rutas de los misiles y los que tienen que pagar la gasolina como si fuera caviar.