En un movimiento que parece sacado de una película de espías barata, el gobierno neerlandés ha decidido que a partir del 22 de septiembre ya no entrarán en sus fronteras ni una aceituna, ni un pepino, ni un puñado de dátiles que vengan de los asentamientos israelíes en Cisjordania. Se suman así a Irlanda, Bélgica y España, que ya habían puesto el candado al comercio con esos territorios. Mientras tanto, el resto de la Unión Europea sigue mirando para otro lado como si el asunto fuera un problema de vecinos ruidosos.
La excusa oficial es clara: la ocupación de Cisjordania desde 1967 es ilegal según el derecho internacional y más de medio millón de colonos viven allí rodeados de tres millones de palestinos. Desde el 7 de octubre de 2023 la cosa se ha puesto todavía más tensa, con la violencia disparada. Pero la verdadera razón que ha dolido en Países Bajos es otra: según un informe de la oenegé Global Echo, ese país se llevaba un tercio de las exportaciones agrícolas de los asentamientos y casi la mitad de todo lo que iba a la Unión Europea. O sea, que les dolía más en la cartera que en la conciencia.
Ahora el ministerio neerlandés ha prohibido la importación, compra y venta de cualquier cosa que salga de esos asentamientos. Los colonos, que llevan décadas vendiendo sus productos como si nada, se encuentran de repente con que su principal cliente europeo les ha cerrado la puerta en las narices. Mientras tanto, en Bruselas algunos de los 27 países siguen sin querer mover ficha, porque el comercio es sagrado y los principios a veces estorban.
Países Bajos ha decidido que ya está bien de fingir que todo es normal. Los demás siguen esperando a ver si el problema se resuelve solo o si alguien más se atreve a poner el candado. Mientras tanto, los tomates, las naranjas y el resto de productos siguen esperando en los almacenes a que alguien decida si pueden cruzar la frontera o se quedan para siempre en tierra de nadie.