Donald Trump ha declarado este martes que su campaña contra Irán “no ha terminado en absoluto” y ha señalado como próximo objetivo un complejo nuclear subterráneo cerca de Natanz al que ha bautizado, con su habitual delicadeza, como Montaña Pickaxe. Según el presidente, la instalación está enterrada tan hondo que parece una madriguera de topos nucleares y, por eso, anunció sin rodeos: “Vamos a golpear esa zona muy pronto, y con mucha fuerza”. Añadió que normalmente no revela objetivos militares, pero que en este caso “no hay nada que los iraníes puedan hacer al respecto”. O sea, el clásico “os aviso con antelación para que os pongáis cómodos”.
Trump calculó que Irán tardaría más de 20 años en reconstruir lo que ya ha dañado, todo ello mientras recibía en la Casa Blanca al presidente libanés Joseph Aoun. Dos semanas después de que se reanudaran las hostilidades, Teherán ha intensificado sus ataques y habla ya de una “guerra total” que amenaza con llegar hasta el mar Rojo. Entre tanto, el mandatario estadounidense sigue anunciando bombardeos como si estuviera programando una gira de conciertos: “Próxima parada: Montaña Pickaxe, entrada gratis para los misiles”.
Resumen del absurdo: un presidente que avisa por megafonía del siguiente golpe militar, un país que responde escalando el conflicto y una instalación nuclear enterrada que ahora tiene nombre de herramienta de jardinería. Mientras tanto, el resto del mundo mira el espectáculo como quien ve un reality de destrucción masiva con tráiler incluido. Porque en este teatro bélico, hasta las amenazas vienen con fecha, hora y nombre propio para que nadie se pierda el capítulo.