Resulta que la demanda de combustible para aviones en Estados Unidos ha batido todos los récords la semana pasada porque miles de aficionados se lanzaron como langostas sobre Nueva York y Nueva Jersey para ver a España machacar a Argentina en la final del Mundial. Según los datos oficiales, las refinerías soltaron 2,15 millones de barriles al día, superando el anterior récord de 2017. O sea, más queroseno del que se gasta en un puente de agosto entre Madrid y la playa.
El analista de turno lo achaca directamente al torneo: aficionados que cruzaron fronteras como si fueran de fiesta de pueblo en pueblo, ignorando los precios de las entradas y el follón de los visados. La final en Nueva Jersey reunió a más de 80.600 borrachos felices, y los controles de seguridad de los aeropuertos registraron casi tres millones de pasajeros en un solo día. Imagínate el olor a alcohol y a sudor en esos aviones: puro combustible humano.
Las refinerías yanquis, que ya andaban orientando toda su producción al combustible de aviación por la guerra con Irán, ahora celebran como si les hubiera tocado la lotería. Produjeron más de dos millones de barriles diarios, un récord para la época. Todo porque el Mundial se celebraba en tres países y los hinchas saltaban de un sitio a otro como si fueran de discoteca en discoteca después de la tercera ronda.
Mientras tanto, el sector sigue quejándose de que los salarios, la energía y los alquileres los tienen ahogados, pero al menos esta vez el Gobierno puede presumir de que el fútbol ha servido para algo más que para discutir en el bar: ha hecho volar aviones a toda leche. Al final, España gana, Argentina llora y los yanquis queman combustible como si no hubiera mañana. Porque en este circo, lo importante no es el partido, sino que el avión llegue lleno de gente dispuesta a gastar hasta la última gota de queroseno y de dignidad.