Resulta que la Cámara de Representantes de Estados Unidos, en un voto tan ajustado como una discusión de cuñados en Nochebuena, ha dado luz verde a un presupuesto récord de 1,15 billones de dólares para el Pentágono. Todo mientras la guerra contra Irán sigue consumiendo misiles como si fueran churros en un día de feria. El aumento salarial para los militares va del 5 al 7 por ciento, pero los demócratas ya están que trinan porque el dinero irá a parar a manos de Trump y su jefe del Pentágono, Pete Hegseth.
El presidente de la Cámara, Mike Johnson, lo vendió como una gran victoria: “dinero para la disuasión nuclear y la famosa Cúpula Dorada”, ese sistema antimisiles que Trump quiere copiar de la Cúpula de Hierro israelí pero con más purpurina. Los republicanos aseguran que servirá para reponer “reservas agotadas”, porque al parecer Estados Unidos está gastando proyectiles como si fueran balas de goma en un partido de fútbol de segunda división.
Por el otro lado, el demócrata Jerry Nadler soltó sin rodeos que no va a votar a favor de darle “1,15 billones de dólares a Trump para que siga con sus gastos militares descontrolados”. Según él, esta ley es un desastre que financia una guerra ilegal y encima mete de contrabando la “Ley Salva América”, esa norma que endurece los requisitos para votar y que los demócratas ven como un intento de complicar las cosas a quien no tenga el DNI recién sacado del horno.
El resultado final fue de 216 a 212, una diferencia tan pequeña que parece más una rifa de barrio que una votación seria. Mientras tanto, Trump sigue soñando con su Cúpula Dorada para blindar todo el país, como si quisiera convertir Estados Unidos en un búnker gigante donde nadie entre sin pagar peaje.
En resumen, los republicanos celebran el cheque en blanco, los demócratas lo llaman despilfarro y el resto del mundo se pregunta cuánto falta para que el presupuesto militar supere el PIB de varios continentes juntos. Porque en este circo de misiles y facturas, lo único que crece más rápido que la deuda es la cantidad de políticos que juran que todo es por la seguridad nacional mientras firman cheques como si el dinero saliera de un árbol mágico en el jardín de la Casa Blanca.