Resulta que Daniel Ortega, el exguerrillero de 80 años que parece un abuelo cascarrabias que no quiere soltar el mando de la tele ni aunque se le caiga la casa encima, ha decidido que en Nicaragua ya no habrá elecciones donde compitan “vendepatrias” ni lacayos del imperio yanqui. La Asamblea Nacional y el tribunal electoral, que funcionan más como sucursales de su casa, están preparando una reforma para agosto que básicamente cierra la puerta con candado y llave para que la oposición ni siquiera pueda asomarse.
La copresidenta Rosario Murillo lo explicó con su estilo de telenovela de los 80: elecciones sí, pero “propias, benditas y desde la soberanía nacional”. O sea, como una rifa de barrio donde el único que puede ganar es el que ya tiene el premio en el bolsillo. El jefe del Congreso, Gustavo Porras, fue más directo: van a poner “un muro, un bloque” para que ni con plata yanqui puedan colarse los golpistas. Traducción: Nicaragua se convierte en un país de partido único, estilo Cuba, China o Corea del Norte, pero con más calor y menos arroz.
Ortega, que gobierna desde 2007 como si el cargo fuera hereditario, ya avisó que no quiere rivales porque le tienen miedo a perder. Los opositores exiliados, que ya suman casi un millón de nicaragüenses desperdigados por Costa Rica, Estados Unidos y España, lo ven venir: purga interna en el Frente Sandinista, más gente sin nacionalidad y un régimen que se prepara para el día en que el comandante ya no pueda ni con el lupus ni con los riñones.
Mientras tanto, Washington amenaza con no quedarse de brazos cruzados y la ONU habla de erosión del Estado de derecho. Ortega responde metiendo a más gente en la cárcel y despojando de bienes a periodistas, sacerdotes y escritores como si fueran piezas de ajedrez que sobran. Al final, Nicaragua avanza hacia elecciones sin oposición, como un bar que decide que solo pueden entrar los clientes que ya le deben dinero al dueño.
Porque en este circo de muros electorales y purgas familiares, lo único que crece más rápido que el número de exiliados es la cantidad de políticos que juran defender la soberanía mientras convierten el país en un club privado donde el único que vota es el que ya está dentro.