Resulta que Estados Unidos ha anunciado un acuerdo de cooperación nuclear civil con Arabia Saudita, firmado por el secretario de Energía Chris Wright y el príncipe Abdulaziz bin Salman. Según el comunicado oficial, estos dos pactos sientan las bases legales para una relación de décadas que moverá miles de millones de dólares, todo envuelto en el bonito papel de “no proliferación nuclear”. O sea, te doy la tecnología atómica, pero prometes no usarla para hacer bombas, como cuando un amigo te presta el coche y te dice “no lo rayes”.
El gobierno yanqui presume de que esto impulsará objetivos económicos y estratégicos, mientras Arabia Saudita sigue soñando con su propio programa nuclear civil. Todo esto llega justo cuando el mundo sigue mirando de reojo los misiles y las plantas de enriquecimiento, como si fueran dos pandilleros de barrio que juran que solo van a jugar al fútbol pero llevan navaja en el bolsillo.
Al final, el acuerdo promete llenar de dólares las arcas de las empresas estadounidenses y dar a los saudíes acceso a tecnología de primer nivel, siempre que cumplan con las salvaguardias. Porque en este circo nuclear, lo importante no es si alguien va a romper las reglas, sino quién cobra primero el cheque y quién se queda con la factura cuando todo explote.