Jamieson Greer aterrizó en la Ciudad de México con la idea de que bastaba con exigir contenidos regionales imposibles para que todo se moviera. Marcelo Ebrard lo recibió en el AICM con la misma cara de quien abre la puerta a un vendedor que insiste en que su aspiradora también arregla matrimonios. La tercera ronda de revisión del T-MEC arrancó formalmente el martes 21 de julio y, como era previsible, nadie regaló nada.
Los equipos técnicos discutieron acero, aluminio, industria automotriz, seguridad económica, trabajo, agricultura y pagos electrónicos. Greer repitió su deseo de que el 50 por ciento del valor de cada auto fabricado en Norteamérica provenga solo de Estados Unidos, elevando el umbral regional al 82 por ciento. La propuesta suena tan práctica como pedirle a un taquero que use solo queso suizo importado. México, en cambio, defiende que las revisiones anuales hasta 2036 sirvan para verificar compromisos, no para renegociar todo desde cero, y que el 85 por ciento de sus exportaciones sigan sin aranceles.
Sheinbaum ya había adelantado el tema directamente con Trump en la final de la Copa Mundial. Mientras tanto, la Secretaría de Economía presentó argumentos formales contra nuevos gravámenes por supuestas prácticas de trabajo forzoso que Washington amenaza con aplicar a sesenta países. El gobierno mexicano mantiene la calma y recuerda que esa figura legal es distinta de los aranceles ya vigentes.
Al final de la jornada, las reglas de origen quedaron pospuestas para 2027 y la expectativa de acuerdos provisionales antes de fin de año sigue viva. Greer regresará con la misma maleta con la que llegó, solo que un poco más ligera de certezas.