El presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva firmó el jueves una ley que prohíbe la venta y producción del famoso “foie gras”, ese manjar francés que consiste básicamente en inflarle el hígado a patos y gansos hasta que parecen globos de helio. Según el gobierno, esto es maltrato animal puro y duro. Francia, como era de esperar, reaccionó como si le hubieran prohibido quejarse en las calles y comer queso con gusanos.
El foie gras, que se obtiene metiéndole comida a presión por el gaznate a las aves hasta que el hígado se les hincha como un balón de fútbol, forma parte del “patrimonio cultural” francés. O sea, según ellos, es tan sagrado como la Torre Eiffel o insultar a los turistas. Los defensores de los animales, en cambio, lo ven como una versión culinaria de la tortura china con gotas de agua, pero más elegante y con acento parisino.
Como en Brasil casi nadie produce este manjar de ricos, la prohibición equivale a cerrar la puerta a las importaciones francesas. Los diplomáticos de Francia intentaron presionar a Lula para que vetara la ley, argumentando que “no hay maltrato” y que “es una cuestión cultural”. El Congreso brasileño, sin embargo, aprobó la norma por unanimidad, lo que en términos diplomáticos significa: “ni loco vamos a tragarnos ese cuento”.
La asociación francesa del sector del foie gras ya amenazó con que la ley viola el acuerdo comercial entre la Unión Europea y el Mercosur. Es decir, que si no les dejan vender hígados inflados, se van a llevar el acuerdo por delante. Los activistas brasileños respondieron con la clásica frase de “buen trato es relativo”: para unos, buen trato es que el pato coma hasta reventar; para otros, es que el pato siga siendo pato y no un depósito de comida.
En resumen, Brasil eligió defender a los animales antes que al hígado de lujo. Francia, mientras tanto, se queda con la duda existencial de siempre: ¿cómo vamos a seguir siendo franceses si no podemos torturar patos de forma tradicional?