El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, le soltó un aviso bien claro a Vladimir Putin y a Xi Jinping: que ni se les ocurra vender armas a Irán porque “les va a ir muy mal”. Según él, los dos grandes líderes le han jurado por lo más sagrado que no están haciendo negocios de ese tipo. Xi Jinping, durante una cumbre en Pekín, le aseguró que China ni compra ni vende ni un tornillo a la República Islámica. Trump, con su estilo de siempre, respondió: “Teniendo en cuenta nuestra relación, le creo. Además, le estoy haciendo favores muy grandes”. Nadie sabe qué clase de favores, pero uno se imagina que van desde aranceles suaves hasta alguna que otra foto sonriente para la prensa.
Con Putin la cosa es más enredada. A pesar de la guerra en Ucrania, Trump dice que también recibió garantías de que Rusia no está armando a Irán. El mandatario estadounidense explicó que su relación con el ruso “todavía sigue viva” porque Putin entiende que Estados Unidos no le vende armas a Ucrania directamente, sino a los países de la OTAN, que pagan “precio completo” y luego hacen lo que les da la gana con el material. O sea, un triángulo amoroso de armas donde nadie quiere reconocer que está pasando nada raro.
Trump cerró el tema asegurando que “dos de los países más importantes que hablan de Irán no están metidos en el asunto”. Pero añadió la clásica amenaza con acento de Nueva York: si lo hicieran, sería “muy malo para ellos” y “no iría en contra de sus mejores intereses”. Traducido al lenguaje de patio de vecinos: “Si me la juegan, les quito los favores y se quedan sin postre”.
En resumen, Trump se presenta como el árbitro mundial de quién puede venderle explosivos a quién, mientras Putin y Xi asienten con la cabeza como quien promete no volver a fumar… hasta la próxima cumbre. Irán, mientras tanto, sigue esperando que alguien le pase la mercancía por debajo de la mesa.