Teherán ha decidido que los hutíes de Yemen necesitan un cursillo intensivo de misiles y drones, así que ha mandado un avión cargado de comandantes del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, asesores militares y hasta oro en efectivo para que no falte la financiación. El vuelo, que salió de Teherán el 13 de julio, llevaba entre diez y veintiún militares de alto rango que iban a impartir clases de cómo fastidiar la navegación en el mar Rojo. El avión tenía previsto aterrizar en Saná, pero como el aeropuerto estaba más caliente que una paella en plena hoguera por un ataque saudí, acabó desviándose a Hodeida, en plena costa.
Una de las fuentes iraníes lo contó sin rodeos: los comandantes fueron allí “para apoyar las operaciones hutíes y dar formación sobre sistemas nuevos de misiles”. Y de paso soltaron un poco de oro para que los hutíes siguieran jugando a los barcos sin que les faltara la gasolina. Es como si Irán hubiera contratado a unos profesores particulares de guerra asimétrica con propina incluida.
Mientras tanto, Estados Unidos sigue con su maratón de ataques: ya van trece noches seguidas bombardeando objetivos militares iraníes para “reducir las amenazas” del mismo Cuerpo de la Guardia. Es decir, un lado manda instructores y oro, el otro manda bombas cada noche como si fuera un programa de televisión de reality bélico interminable. Los hutíes, por su parte, reciben clases de misiles como quien recibe un curso de cocina online, pero con explosivos de por medio.
En resumen, Irán juega a ser el repartidor de Amazon de la guerra, Estados Unidos responde con fuegos artificiales nocturnos y el mar Rojo se convierte en el patio de recreo más peligroso del planeta. Al final, todos acaban pagando la factura… menos los generales que viajan en business con maletín de oro.