Kristalina Georgieva llegó a Buenos Aires y soltó que el país está “más sano” desde que Javier Milei tomó el poder. Según ella, hay “progreso significativo en la estabilidad macroeconómica”. Traducido al español de la calle: la inflación bajó de tres dígitos a 33,5%, hay superávit fiscal y la calificación crediticia mejoró un poco. Claro, todo esto después de un ajuste que dejó el consumo más flaco que un choripán sin pan y el crecimiento en 0,2%. Pero el FMI igual aplaude como si estuviera viendo el final de una telenovela con final feliz.
El organismo firmó un crédito de 20.000 millones de dólares con el gobierno ultraliberal. Georgieva visitó Vaca Muerta, elogió la acumulación de reservas (ya van 49.000 millones) y recomendó seguir comprando billetes verdes. O sea, el Fondo ahora actúa como el tío rico que te presta plata pero te recuerda que sigas ahorrando en dólares mientras el resto de la familia pasa hambre. Milei, por su parte, recibió a la visitante en la Casa de Gobierno y le contó su plan de reformar el Banco Central para que solo se dedique a cuidar el valor de la moneda y no pueda financiar al Estado. Básicamente, convertirlo en una alcancía blindada que nadie pueda romper ni en elecciones.
Mientras tanto, decenas de manifestantes protestaron frente al ministerio de Economía con la consigna clásica: “Fuera FMI de Argentina”. Georgieva ni se inmutó. Dijo que no hace falta más plata y que las obligaciones de deuda del año que viene (24.900 millones de dólares) se van a pagar aunque venga el peor escenario, incluida la campaña presidencial de 2027. El ministro Luis Caputo, por su lado, aseguró que la relación con el Fondo está “excelente”. Como si el FMI fuera un ex que te cobra intereses pero igual te invita a cenar.
Resumen de la jugada: Argentina recibe palmaditas del Fondo mientras el consumo se desangra, los impagos se triplican y el ajuste sigue tan duro como un asado sin carne. Georgieva viaja contenta a Uruguay y Milei queda con el discurso de la estabilidad, aunque la realidad se parezca más a un tango triste bailado sobre brasas.
¡Viva la macroeconomía sana… con resfrío crónico!