El presidente ucraniano Volodimir Zelenski entró esta semana al despacho de Donald Trump como quien va a pedirle prestado el coche al suegro más impredecible del barrio. La reunión, a puerta cerrada y con aroma a café recalentado, duró apenas sesenta minutos. Tiempo suficiente para que Trump le ofreciera licencias para fabricar sistemas Patriot como si fueran repuestos de un taller mecánico de mala muerte.
Mientras tanto, Rusia y Ucrania siguen lanzándose misiles como si estuvieran en una verbena de verano pero con explosivos de verdad. Los diplomáticos estadounidenses intentan parar el follón desde hace más de cuatro años y siguen tan atascados como el ascensor de un edificio sin mantenimiento.
Zelenski llegó con la lista de la compra: misiles antibalísticos, más Patriots y, de paso, que alguien reactive las conversaciones de paz que llevan meses durmiendo la siesta. Un alto cargo ucraniano, que pidió no salir en las fotos, soltó que “es crucial que Washington apruebe el paquete de misiles”. Traducción libre: necesitamos que nos den juguetes caros antes de que nos revienten el parque.
Solo en julio, Moscú lanzó ciento veinte misiles balísticos contra Ucrania. De esos, solo treinta y cinco fueron interceptados. Es decir, el resto llegó a destino como repartidor de paquetería que no respeta horarios. Para ponerlo en perspectiva, en todo 2024 Rusia gastó entre doscientos cincuenta y trescientos veinte misiles. Este mes ya casi les ha salido rentable el mes.
Las relaciones entre ambos mandatarios han sido, históricamente, como las de dos vecinos que se saludan por educación pero se tiran pullas por el grupo de WhatsApp. Últimamente Trump parece más amable, como si hubiera decidido que ya no merece la pena discutir con el que viene a pedirte favores.
Además, Zelenski asistirá al funeral del senador Lindsey Graham, firme defensor de Ucrania que murió este mes a los setenta y un años. El ucraniano irá a rendirle homenaje… y, de paso, a ver si alguien más le firma el vale de los misiles.
En resumen: una hora de reunión, promesas de sistemas antiaéreos, misiles volando como moscas en agosto y la paz tan lejos como siempre. Trump le da palmaditas, Zelenski asiente con la cara de quien sabe que le van a cobrar el favor más adelante. Y los civiles ucranianos, como siempre, pagando la cuenta mientras los grandes siguen negociando como si el mundo fuera un mercadillo de segunda mano.