La policía albanesa ha sumado otros 27 manifestantes a la lista de acusados por “alterar el orden público” durante las protestas contra el hotel de lujo que la familia Trump quiere plantar en una reserva natural de la costa. Desde finales de mayo, miles de personas se plantan cada noche para gritar que no quieren excavadoras ni alambradas en la playa de Zvernec, donde hasta los flamencos parecían vivir tranquilos antes de que llegara el proyecto de Ivanka y Jared Kushner.
Los agentes, que ya habían imputado a 35 personas la semana pasada por bloquear una autopista, ahora acusan a los nuevos detenidos de “dirigir” a la multitud por caminos no autorizados. O sea, que en Albania está prohibido manifestarse si no sigues la ruta que el gobierno te marca, como si las protestas fueran un rally turístico con guía oficial.
El conflicto empezó cuando aparecieron las máquinas y las vallas de espino en plena zona de cría de aves migratorias. Los enfrentamientos con los seguratas privados del futuro hotel encendieron la mecha y ahora las marchas exigen, además de cancelar el proyecto, la dimisión del primer ministro Edi Rama por el clásico olor a corrupción que todo el mundo percibe.
Mientras tanto, los manifestantes prometen seguir concentrándose hasta que se retire el plan. La policía, por su parte, sigue sumando nombres a la lista como si estuviera completando un álbum de cromos de “quién protesta más”.
En resumen: un país balcánico peleando contra el yerno de Trump para que no le construyan un resort de lujo encima de los flamencos. Porque nada dice “progreso” como convertir una reserva natural en un complejo de cinco estrellas mientras los pájaros emigran indignados. Albania ya tiene los detenidos. Los Trump ya tienen las excavadoras. Y los flamencos, como siempre, pagando el pato.