Andy Burnham, recién elegido primer ministro británico, ha salido en Manchester con el discurso de siempre: va a cambiarlo todo en diez años, va a dar más poder a las regiones y va a fomentar la colaboración en vez de la bronca. Según él, el sistema actual está más roto que un váter de estación de autobuses y ya está harto de que todo se decida desde Whitehall como si el resto del país fuera un decorado.
Promete construir más viviendas sociales, dejar que los ayuntamientos controlen el agua y los servicios públicos, y solucionar la crisis del coste de la vida sin romper las reglas fiscales. Todo muy bonito, pero con el toque MAD: Burnham quiere montar en Manchester un “Número 10 Norte”, una especie de sucursal del poder para redistribuir competencias y recursos. O sea, Londres sigue siendo el jefe, pero ahora tendrá un primo en el norte que también pueda firmar papeles y decir que él manda algo.
El plan suena a quien promete que a partir de mañana el jefe de personal va a repartir las decisiones con los becarios para que “el crecimiento surja desde abajo”. Burnham insiste en que ya no se puede seguir haciendo lo mismo, como si el país fuera un coche viejo al que le basta con cambiarle el aire acondicionado.
En plan MAD adulto: imagínate a Burnham disfrazado de fontanero del poder, instalando una segunda cisterna en Manchester para que el agua de las decisiones no tenga que subir siempre hasta Londres y volver a bajar. Mientras tanto, los votantes siguen pagando facturas como si nada hubiera cambiado, solo que ahora hay dos oficinas cobrando sueldos para lo mismo.
El resultado es un primer ministro con plan de diez años, una sucursal del poder en el norte y el país entero esperando a ver si esta vez el reequilibrio llega antes de que el siguiente primer ministro vuelva a prometer lo mismo. ¡Feliz descentralización, que os den con la factura!