El ministro de Defensa chileno, Fernando Barros, soltó este lunes que la relación con Washington ya no parece tan confiable, después de que el gobierno de Donald Trump incluyera a Chile entre las 60 naciones castigadas con aranceles de entre 10% y 12,5%. Todo por supuestas investigaciones sobre trabajo forzoso, en la enésima pataleta de la guerra comercial yanqui. Resulta que Chile tiene un tratado de libre comercio vigente desde 2004, pero al parecer eso vale lo mismo que un papel higiénico en el viento.
Estados Unidos es el segundo socio comercial de Chile después de China, y el nuevo gobierno ultraderechista de José Antonio Kast había llegado con ganas de abrazarse fuerte con Trump. La respuesta fue un tarifazo que afecta al 40% de las exportaciones chilenas: salmón, uvas y vino ahora pagan peaje, mientras el cobre y el litio, que les interesan mucho, quedaron exentos como por arte de magia. El ministro Barros, visiblemente confundido, declaró que los estándares laborales chilenos están “incluso por sobre el estándar americano”. O sea, según él, en Chile se trabaja más limpio que en la propia fábrica de aranceles.
El canciller Francisco Pérez Mackenna intentó bajar el tono diciendo que “esto no es un tema entre Estados Unidos y Chile, es una política con todo el mundo”. Traducción: nos están dando con el mismo palo que a todos, pero igual duele. Chile ya anunció que buscará negociar, porque quedarse cruzado de brazos mientras te cobran por exportar vino parece mala idea cuando tu economía depende de eso.
Resumen de la jugada: un país que firmó tratado de libre comercio recibe aranceles por “amistad”, el ministro de Defensa duda de la relación y el nuevo gobierno de derecha se queda con cara de quien invitó a la parrilla y le cobraron la carne. Porque cuando Trump decide que eres su amigo, la única garantía que tienes es que igual te van a pasar la cuenta.
¡Viva el libre comercio… con recibo de cobro incluido!