Abelardo de la Espriella, el presidente electo de Colombia, soltó la bomba más grande de la transición: acusó a Gustavo Petro de preparar un golpe de Estado y le exigió a las Fuerzas Armadas que desobedezcan cualquier orden que huela a quedarse en el poder. Todo esto mientras el traspaso del mando del 7 de agosto parece más una pelea de hermanos por el control remoto que un acto institucional.
El ultraderechista, que ganó por menos del uno por ciento, suspendió de golpe el proceso de transición y lo convirtió en una “auditoría exhaustiva” de la gestión de Petro. Según él, encontró de todo: narcotráfico mal combatido, contratos repartidos a dedo y un sistema de salud que parece un colador. Petro, por su parte, sigue sin reconocer la victoria, habla de fraude y ya convocó protestas para el 20 de julio, día de su discurso de despedida. El senador Iván Cepeda reconoció los resultados pero anunció desobediencia civil, como quien dice “te respeto pero no te voy a hacer ni caso”.
De la Espriella amenaza con llevar a Petro, a Cepeda y a todo su equipo ante tribunales estadounidenses, como si Estados Unidos fuera el juzgado de barrio donde se resuelven las broncas políticas colombianas. Mientras tanto, la derecha ya tiembla pensando en estallidos de protestas parecidos a los que el propio Petro respaldó contra Iván Duque, con muertos incluidos.
Al final, la transición dejó otro capítulo de telenovela absurda: un presidente saliente que no quiere soltar el cargo, un entrante que pide desobediencia militar antes de tomar posesión y dos bandos que parecen niños discutiendo quién se queda con la última porción de torta. Todo muy democrático, muy adulto y, sobre todo, muy ridículo.