La presidenta encargada Delcy Rodríguez anunció que Félix Plasencia, el hombre que andaba de embajador en Washington, ahora será al mismo tiempo canciller y ministro de Comercio Exterior. Es decir, le metieron dos ministerios en una sola carpeta como si fueran papeles viejos que nadie quiere leer. Plasencia, fiel aliado de Rodríguez, deja su puesto en Estados Unidos para ocupar el sillón que antes calentaba Yván Gil, quien tras tres años de servicio pasa a ser el nuevo ministro de Ciencia y Tecnología.
Mientras tanto, el anterior titular de Comercio Exterior, Johan Álvarez, queda fuera del reparto y Plasencia se queda con ambos despachos. Es como si Rodríguez hubiera decidido que un solo ministro puede hacer el trabajo de tres siempre que no se queje del sueldo. Gil, por su parte, pasa de manejar relaciones internacionales a ocuparse de la ciencia, como si de repente le hubieran pedido que inventara la fórmula para que todo funcione mejor.
El resultado es un gabinete que parece un baile de sillas donde todos corren para no quedarse sin puesto. Delcy mueve las fichas con la misma tranquilidad con que alguien cambia de canal en la televisión, sin importarle que el espectáculo siga siendo el mismo de siempre: mucho cargo, poca solución y un montón de funcionarios que cambian de escritorio pero nunca de problemas.
Al final, Venezuela sigue pareciendo esa casa donde cada semana reorganizan los muebles pero la nevera sigue vacía. Porque aunque los nombres cambien y los ministerios se fusionen, lo único que nunca se mueve es el mismo lío de siempre.