¡Ojo, cinéfilos del Caribe y más allá! California y otros once estados yanquis han montado el numerito legal del siglo para impedir que Paramount se trague a Warner Bros. Discovery por 110.000 millones de dólares. Según los fiscales, este atracón dejaría a una sola empresa controlando el 27 % de las salas de cine, el 30 % de las superproducciones y el 27 % de los canales de cable básicos, como si fuera el dueño único de todas las telenovelas de la tarde. El fiscal general de California, Rob Bonta, lo dijo clarito: aquí no hay reyes ni en el gobierno ni en la economía, aunque parezca que David Ellison quiere coronarse emperador del entretenimiento.
Imagina a los actores y guionistas protestando en las calles como si fuera una huelga de taxistas en Ciudad de México, gritando que se quedarán sin trabajo mientras los dueños de salas de cine lloran porque ya no habrá tantas películas como tacos en un puesto callejero. Paramount jura que tras recortar 6.000 millones en oficinas repetidas y empleos corporativos, estrenarán 30 películas al año, más que capítulos de una telenovela venezolana. Pero los estados temen que el resultado sea menos competencia que en un partido de fútbol sin árbitro.
El Departamento de Justicia ya dio el visto bueno, pero la demanda judicial puede tardar meses y costar cientos de millones en retrasos, como si Paramount estuviera pagando una multa por exceso de velocidad en la autopista de las fusiones. Mientras tanto, Ellison promete competir con Netflix y Disney como si fuera un gallo en una pelea de barrio, pero California responde: “Ni de broma, aquí mandamos nosotros”.
En este sainete absurdo de mil millones de dólares, los únicos que parecen reírse son los abogados, que ya están contando billetes como si fueran fichas de dominó. ¡Que viva el monopolio… o que viva el pleito eterno! Porque al final, el público se queda con la misma tele de siempre: más repeticiones y menos sorpresas.