Teherán. Después de que dos soldados estadounidenses murieran en Jordania por misiles iraníes, Washington decidió que ya era hora de otra tanda de bombas nocturnas. Por octava noche consecutiva, los ataques golpearon instalaciones militares, bases de los Guardianes de la Revolución y hasta la central nuclear que todavía está en obras en Darkhovin. El Organismo Internacional de Energía Atómica pidió “moderación” mientras aseguraba que no hay riesgo radiológico… como si la guerra fuera un partido de fútbol con árbitro neutral.
Irán no se quedó quieto. Respondió atacando Kuwait y Baréin, donde sonaron sirenas y una planta desalinizadora terminó incendiada. En Jordania también cayeron misiles que Israel y el propio reino interceptaron antes de que hicieran más daño. El líder supremo iraní Mojtaba Jamenei prometió una “lección inolvidable” a Estados Unidos, como si estuviera preparando un examen final con explosivos incluidos.
Mientras tanto, el estrecho de Ormuz sigue cerrado de facto. Irán ya detuvo cuatro barcos que intentaban pasar sin permiso, y los Guardianes de la Revolución advirtieron que seguirán las operaciones hasta que “vuelva la calma”. Traducido: el canal por donde pasa una quinta parte del petróleo mundial ahora parece un embotellamiento en hora punta con el añadido de que algunos barcos explotan solos.
El balance hasta ahora es de 50 muertos y más de 500 heridos en Irán, y 16 soldados estadounidenses caídos desde que empezó esta locura en febrero. La guerra, que se había pausado con un alto el fuego en abril, volvió con todo en julio y ahora parece un bucle sin final: un lado bombardea, el otro responde, el petróleo sube y la gente normal se pregunta cuándo van a dejar de usar el mundo como campo de tiro.
En resumen, Oriente Medio sigue convertido en un espectáculo de luces y explosiones donde nadie quiere ceder el micrófono. Los que pagan la entrada son los mismos de siempre: los civiles bajo las sirenas y los conductores que llenan el depósito como si estuvieran comprando oro líquido.