Rodrigo Paz ha soltado en pleno acto de entrega de agua en Cochabamba que Evo Morales acabará entre rejas por trata de personas, narcotráfico y organizar protestas como si fueran partidos de fútbol con piedras en vez de balones. La multitud coreó “cárcel para Evo” y el presidente remató con un “ya le va a llegar”, como el suegro que al final decide llamar a la policía después de aguantar años de escándalos en la casa de al lado.
Paz fue más allá y soltó que si Evo fuera su vecino no se sentiría tranquilo con su hija menor en casa, insinuando que el exmandatario no es precisamente el tipo de persona que uno quiere tener regando las plantas al otro lado de la cerca. “Tiene que volver el respeto a la moralidad y a la ética”, añadió, como si estuviera dando un sermón en la sobremesa de Nochebuena después de que el cuñado se pasara de copas.
Mientras tanto, Morales sigue atrincherado en el Chapare, custodiado por sus seguidores como un rey en su feudo cocalero, sin presentarse a ninguna citación judicial. Paz, por su parte, promete llevarle a Lula y a Kast un proyecto de corredor bioceánico para que Bolivia haga negocios en vez de cerrar carreteras cada dos por tres. “Ya basta de que uno o dos señores desde el Chapare quieran paralizar el país”, remató, como quien echa a los parientes que se niegan a dejar pasar el camión de la mudanza.
El resultado es una telenovela boliviana de manual: un presidente que promete cárceles y carreteras, un exmandatario que se esconde entre cocales y una multitud que pide justicia como en cualquier asado familiar donde al final todos acaban gritando. Porque al final, como en cualquier bronca de vecinos, lo importante no es quién tiene razón… es quién termina durmiendo en la comisaría cuando se apagan las luces.