La farmacéutica Eli Lilly ha anunciado que su famosa píldora para perder kilos llegará a Europa y al Reino Unido entre finales de 2026 y principios de 2027. Eso sí, no esperes que te la suelten gratis en la sanidad pública. La empresa va directa al bolsillo del ciudadano, tal como ya hace en Estados Unidos. Porque, según ellos, fuera de América la gente está tan acostumbrada a pagar por todo que hasta la obesidad se convierte en un producto de consumo directo.
Patrik Jonsson, el ejecutivo de la compañía, ha explicado que van a asociarse con plataformas de telesalud y venta por internet para colocar el medicamento. Es decir, te diagnosticarán por videollamada mientras estás en pijama, te cobrarán con tarjeta y, si tienes suerte, te llegará el paquete antes de que te arrepientas. Todo muy moderno, muy siglo XXI y muy “paga tú que el Estado no está para estas tonterías”.
Lilly dice que intentará negociar reembolsos públicos donde pueda, pero la política de precios de Donald Trump (esa de “nación más favorecida”) lo está complicando todo. Básicamente, si en Europa bajan los precios, luego en Estados Unidos también tienen que bajarlos, y a la farmacéutica le entra urticaria solo de pensarlo. Así que prefieren vender la pastilla como si fuera un iPhone: caro, a plazos y con obsolescencia programada.
La estrategia es clara: crear un mercado de obesidad para consumidores adultos que pagan de su bolsillo, como quien se compra un gimnasio que luego no usa o un curso de inglés que nunca termina. Mientras tanto, en Europa seguiremos viendo colas en la sanidad pública y, por otro lado, a los que puedan permitírselo engullendo pastillas a 300 euros el mes como si fueran caramelos.
En resumen, prepárate para que dentro de un par de años te ofrezcan la pastilla milagrosa por WhatsApp, con envío a domicilio y sin preguntas incómodas. Porque la sanidad pública es muy bonita… pero el negocio de adelgazar, como el de la cerveza fría en verano, funciona mejor cuando el cliente paga en efectivo y sin rechistar.