Roberto Lazzeri Montaño llegó a la capital gringa con su cartita oficial bajo el brazo y cara de “ya me tocó el turno de la diplomacia”. Le entregó el papelito a Monica Crowley, jefa de protocolo, como si le estuviera pasando la factura del gas en una reunión de vecinos. El nuevo representante de México ya tiene la agenda lista: que el T-MEC siga siendo la gallina de los huevos de oro, que la comunidad mexicana no la linchen en las redes y que la prosperidad compartida no se quede solo en los discursos de campaña.
Según el propio Lazzeri, desde la embajada van a trabajar para que “América del Norte siga siendo un motor” y no un coche descompuesto en la carretera. Promete proteger a los mexicanos como si fueran el mole de la abuela: con recelo, cariño y mucho ojo para que nadie se lo robe. También juró impulsar acuerdos que sirvan a ambos países, aunque todos sabemos que eso suele significar “tú pones el dinero y nosotros ponemos la mano de obra y el aguacate”.
La representación mexicana lo anunció como si acabara de ganar la lotería consular: “Llega con una agenda clara”. Clara como el agua del grifo de Washington, que a veces sale turbia. Mientras tanto, los que siguen esperando que la prosperidad baje del cielo como maná siguen haciendo fila en las taquerías de la capital, preguntándose si esta vez el embajador traerá más que buenas intenciones y una selfie con el Monumento a Washington.
Al final, Lazzeri ya está instalado. Ahora solo falta ver si la diplomacia mexicana sigue pareciendo una telenovela de reconciliación familiar o si por fin se convierte en algo que dé de comer a los dos lados de la frontera sin que nadie salga con la cartera más ligera. ¡Bienvenido, embajador! Y que no se le olvide el frasco de salsa para untar en los acuerdos.