París, ese país donde todo se decide con tres horas de debate y un croissant a medio masticar, acaba de dar el visto bueno a la muerte asistida. 291 diputados dijeron “sí, que se acabe ya” y 241 respondieron “ni de coña, que todavía queda telenovela”. Macron, más contento que un niño con patinete nuevo, lo celebró como si hubiera aprobado el día libre los viernes.
La ley es tan sencilla como macabra: si tienes una enfermedad incurable, sufres como un condenado y puedes decir “basta” sin que te tiemble la voz, un médico te da el visto bueno, un comité te pone la pegatina de “aprobado” y tú mismo te administras el cóctel final. Si no puedes ni mover el dedo, otro te echa la mano. Literalmente.
La izquierda aplaudió como si acabara de ganar la lotería. La derecha y la extrema derecha pusieron cara de funeral y gritaron que esto es “un texto de muerte”. La Iglesia católica, por su parte, soltó un comunicado donde avisaba de que esto rompe la historia de Francia más que cuando inventaron el queso que apesta. “Nuestra relación con la vejez y la enfermedad va a cambiar”, dijeron, como si antes todo el mundo muriera sonriendo y dando las gracias.
Mientras tanto, colectivos de personas con discapacidad temen que les empiecen a ofrecer el pack “muerte barata” como si fuera una oferta del supermercado. Y los grupos antiabortistas protestaron frente a la Asamblea con pancartas que decían “la vida es sagrada… salvo cuando toca votar”.
Macron, que prometió esto en 2022, ahora respira tranquilo: ya puede decir que cumplió. Aunque el Consejo Constitucional todavía tiene que dar el ok final, porque en Francia hasta para morirse hay que pasar por tres instancias y un recurso de amparo.
En resumen: Francia se une a Bélgica, Países Bajos, Suiza, Canadá y Uruguay en el club de los países donde puedes elegir cómo salir del escenario. El resto del mundo sigue prefiriendo que te pudras despacio y en silencio, que total, para qué complicarse la vida.
¿Y los nietos de la diputada macronista? Ya tienen anécdota para el próximo cumpleaños: “La abuela estuvo allí cuando aprobaron el botón rojo oficial”. Porque en Francia, hasta la muerte necesita su trámite administrativo y su foto en el carné.