Rahul Gandhi ha salido esta semana con la cara de quien ha pillado al vecino robando la luz y ha pedido directamente la dimisión de Narendra Modi por la paliza policial que se llevaron los estudiantes en Nueva Delhi. El motivo del lío: el ministro de Educación, Dharmendra Pradhan, acusado de filtrar preguntas de los exámenes de acceso a la universidad como si fueran spoilers de una serie de Netflix. Los jóvenes salieron a la calle, la policía sacó los porrazos y el resultado ha sido más de 180 heridos, entre ellos 60 manifestantes y más de 110 agentes que acabaron peor que después de un partido de cricket sin protección.
Gandhi, sin andarse con rodeos, ha soltado que “un ataque a los estudiantes es un ataque a cada familia india” y que Modi no va a poder escaparse esta vez sin dar explicaciones. Ha llamado a todos los “patriotas indios” a plantarse delante de la residencia del primer ministro en una dharna hasta que el ministro dimita. O sea, que ha invitado a media India a hacer un picnic político frente a la puerta de casa de Modi hasta que alguien se canse.
La cosa ha sido una de las mayores protestas desde que Modi llegó al poder en 2014. Mientras tanto, el recién creado Partido Janta Cucaracha (sí, cucaracha, en plan sátira del BJP) ha decidido que lo de acampar en las calles va en serio. Su fundador, Abhijeet Dipke, ha pedido a todo el mundo que no pierda la esperanza: “Quieren rompernos, pero no les dejaremos silenciarnos”. Traducido: las cucarachas no se van ni con insecticida.
Modi, por su parte, sigue como si el asunto fuera un malentendido de familia y los estudiantes siguen plantados en las aceras exigiendo un futuro que no huela a examen filtrado. La policía, agotada de repartir leña, probablemente esté deseando que alguien invente un nuevo canal de televisión para que todo el mundo se vaya a casa. Mientras tanto, la dharna continúa y las cucarachas políticas siguen vivas, resistentes y sin intención de desaparecer.