Teherán, miércoles de histeria diplomática. El gobierno iraní mandó llamar al embajador británico como si fuera un repartidor de pizzas al que le han cobrado de más. El motivo: un proyecto de ley británico que quiere meter a los Guardianes de la Revolución en la lista de “amenazas estatales”, junto con un grupito de voluntarios del GRU ruso que parecen salidos de un casting de villanos de serie B.
Según la agencia oficial IRNA, el embajador Hugo Shorter fue convocado al Ministerio de Exteriores iraní para que le explicaran, en tono de abuelo enfadado, que esa medida es “injustificada”. Traducción libre: “Nos has pillado con las manos en la masa y ahora nos enfadamos”.
El proyecto de ley británico también señala al “Movimiento de los Compañeros de la Mano Derecha del Islam”, un nombre tan largo que parece sacado de un grupo de WhatsApp de tíos que se creen muy listos. Este grupúsculo, según Londres, está detrás de varios ataques contra lugares judíos y contra el canal Iran International. El Ministerio del Interior británico va más lejos: asegura que detrás de esos ataques hay miembros de la Fuerza Al-Quds, la unidad de élite de los Guardianes. O sea, que Irán niega todo mientras señala con el mismo dedo que usa para apretar botones de misiles.
Irán, por su parte, ha prometido responder “de manera recíproca y decisiva”. En la práctica eso suele significar convocar embajadores, expulsar diplomáticos y subir el volumen de la televisión estatal hasta que parezca un concurso de gritos. El proyecto de ley se presenta esta misma semana en el Parlamento británico, así que los Guardianes ya pueden ir preparando el discurso de “somos víctimas del imperialismo” mientras siguen organizando desfiles con misiles decorados como caramelos.
En resumen: un país acusa a otro de terrorismo, el otro responde convocando embajadores, y los ciudadanos de a pie siguen sin saber si van a acabar en una guerra o en otro capítulo más de esta telenovela de espías con complejo de grandeza. Como siempre, los que pagan el pato son los mismos: los que solo querían ver las noticias sin que les explote nada en la puerta de casa.