Teherán salió el viernes con la cara de pocos amigos y declaró que el Estrecho de Ormuz es cosa suya, como quien dice que el baño del bar solo lo usa el que paga la cuenta. El mensaje fue clarito: los países del golfo que se pongan a hacer pinitos con Estados Unidos van a acabar peor que un político en campaña electoral sin promesas que cumplir.
Todo empezó porque un barco singapurense llamado Ever Lovely recibió un “objeto desconocido” cerca de Omán, que en buen romance significa que alguien le lanzó algo más rápido que un piropo en hora punta del metro. Nadie salió herido, pero el susto fue mayúsculo. Irán, por supuesto, negó ser el autor y soltó que quien se salga de las rutas autorizadas se atiene a las consecuencias, como quien avisa que si aparcas mal te llevan la grúa.
El viceministro de Exteriores iraní, Kazem Gharibabadi, tuiteó que sin contar con Irán no hay paso seguro por el estrecho, y que las rutas alternativas son tan fiables como un billete de lotería comprado el domingo. Mientras tanto, los precios del petróleo seguían bajando como las esperanzas de un hincha del equipo local cuando ya van tres goles en contra.
Arabia Saudita, que lleva meses sin poder cargar crudo en Ras Tanura, volvió a la faena como si nada, tal vez porque el acuerdo provisional entre Irán y Estados Unidos tiene más parches que una llanta de camión viejo. Marco Rubio, de gira por la zona, soltó que si Irán bloquea el estrecho “vamos a tener un problema”. Traducción: si tocan el barco, se arma la de San Quintín, pero en versión misiles y drones.
El Ministerio de Exteriores iraní respondió que la verdadera fuente de inseguridad en el golfo es la presencia militar estadounidense, y que el estrecho debería gestionarlo Teherán junto con Omán, como dos vecinos que deciden quién riega el jardín común. “Dejen las políticas hostiles”, advirtieron, que suena a madre que regaña a los niños por pelearse en el patio.
Donald Trump ya había avisado que si Irán no cumple el alto el fuego y reabre el paso, Estados Unidos podría volver a bombardear. Entre tanto, la guerra sigue pesando en las elecciones de mitad de mandato como una resaca después de la verbena del pueblo.
La Organización Marítima Internacional suspendió temporalmente los escoltas de buques, y tres petroleros surcoreanos decidieron largarse del estrecho antes del fin de semana, tal vez porque nadie quiere estar en medio cuando los adultos deciden jugar a las guerras de verdad.
En resumen: el estrecho está más caliente que una plancha de churros en agosto, los petrodólares siguen bajando y todos siguen amenazando con “problemas” como si fueran vecinos discutiendo por el volumen de la música a las tres de la mañana.