La hija del difunto Alberto Fujimori ha logrado al fin la presidencia tras cuatro intentos, superando por apenas 49.600 votos al izquierdista Roberto Sánchez en un recuento que duró tres semanas por impugnaciones y quejas de irregularidades. Con el 100% escrutado, Fujimori se quedó con el 50,135% y Sánchez con el 49,865% en unas elecciones más apretadas que un tanga en hora punta. El candidato perdedor, sin pruebas en la mano, ya ha denunciado “fraude” y amenaza con marchas, recursos legales y protestas para evitar la proclamación oficial del 3 de julio.
Fujimori, de 51 años, promete unir un país “partido en dos mitades” y formar un gabinete con técnicos para bajar la criminalidad y la desigualdad. Mientras tanto Sánchez convoca marchas en Lima y promete seguir peleando, lo que amenaza con alargar la crisis de un país que ha cambiado de presidente ocho veces desde 2018. El regreso de la dinastía Fujimori vuelve a dividir a los peruanos entre los que la adoran y los que la detestan como a una suegra que se queda a vivir en casa.
En plan MAD adulto: imagínate a Keiko entrando a Palacio como quien vuelve al caserío después de cuatro expulsiones, mientras Sánchez se queda en la puerta con un cartel de “esto es robo” y los manifestantes tiran piedras como si fueran confeti de una boda que salió mal. El margen es tan ridículo que parece una rifa de barrio decidida por un voto en blanco.
El resultado es una victoria por los pelos, un país otra vez dividido y una dinastía que regresa como resaca que no se va. ¡Feliz proclamación, que os den con el acta!