La derechista Keiko Fujimori, de 51 años, ganó por un margen ridículo al izquierdista Roberto Sánchez y ya se ve como presidenta electa a partir del 28 de julio. En su acto de acreditación, soltó el clásico discurso de “pensar distinto no nos hace enemigos” y pidió reconciliación entre todas las fuerzas políticas. Traducción adulta: “Ojalá dejen de destituirme como hicieron con los últimos siete presidentes desde 2016”.
Perú lleva una década de circo político donde el Congreso parece más una máquina de picar presidentes que un poder del Estado. Ocho mandatarios en diez años, varios echados a patadas o renunciando antes de que los sacaran. Ahora llega Keiko con la promesa de “poner orden” en la criminalidad, que ha explotado tanto que las denuncias por extorsión se multiplicaron por ocho. Mano dura, orden y reconciliación, el combo perfecto para que todo siga igual.
El fujimorismo vuelve al poder un cuarto de siglo después de que su padre, Alberto Fujimori, dejara el cargo entre aplausos y condenas. El legado divide tanto que parece que Perú sigue discutiendo si la dictadura fue “orden” o “desastre”. Keiko promete gobernabilidad sin tener mayoría en el Congreso, algo tan creíble como prometer que esta vez sí va a durar todo el mandato.
La gente, por supuesto, ya está dividida. Abilia Ramos, que dirige un comedor popular, dice que no va a cumplir nada. Fernando Cumana, técnico de televisores, cree que “vamos a salir adelante”. El clásico peruano: la mitad escéptica y la otra mitad esperando el milagro mientras la delincuencia sigue cobrando peaje en las calles.
En resumen, otra vez reconciliación, otra vez mano dura, otra vez fujimorismo. Perú sigue pareciendo un país que cambia de presidente cada dos años como quien cambia de canal para no ver la misma telenovela de siempre. Porque al final, la reconciliación nacional suele durar lo mismo que dura un presidente peruano: hasta la próxima moción de censura.