La virtual triunfadora de las elecciones peruanas, Keiko Fujimori, ha dado por cerrada la fiesta electoral a falta de que terminen de contar los últimos votos, como si el recuento fuera un partido de fútbol que ya se alargó demasiado. Con el 99,88% escrutado, se mantiene por delante con un 50,1% frente al 49,8% de Roberto Sánchez, una diferencia tan ajustada que parece más un empate técnico que una victoria clara. “Esta elección ya acabó”, ha soltado con la tranquilidad de quien ya se ve en la silla presidencial, “ahora hay que pensar en los próximos cinco años: que el Estado funcione, que podamos salir a la calle sin miedo y que nos abracemos todos como si nada hubiera pasado”.
Fujimori, heredera del apellido que aún divide a medio país, ha pedido tender puentes y formar un equipo con “la camiseta del Perú bien puesta”, como si la política fuera un partido de la selección donde todos olvidan de repente quiénes son los rivales. Ha prometido priorizar obras públicas y empleo, aunque muchos recuerdan que su padre ya prometió algo parecido antes de que las cosas se pusieran complicadas. Mientras tanto, ha agradecido a los voluntarios que vigilaban las mesas como si hubieran salvado la democracia de un apocalipsis.
Del otro lado, Roberto Sánchez ha anunciado un pacto parlamentario con Ahora Nación y el Partido Cívico Obras para “recuperar la democracia”, aunque todavía no se sabe si será un abrazo puntual o una alianza para toda la legislatura. En el Congreso, Fuerza Popular tendrá 63 escaños, pero la oposición suma más, así que los próximos cinco años prometen ser un espectáculo digno de una telenovela peruana: abrazos en público, puñaladas por la espalda en privado y el Jurado Nacional de Elecciones anunciando los resultados oficiales entre el 3 y el 7 de julio, como si el país entero estuviera esperando el veredicto de un concurso de canto.
En resumen, Keiko ya habla de unidad mientras la diferencia sigue siendo de apenas 44.500 votos, Sánchez arma alianzas y los peruanos se preparan para otros cinco años de circo político con la misma intensidad que un capítulo de “Al fondo hay sitio”. ¡Que empiece la función!