El líder norcoreano ha ordenado a sus funcionarios y trabajadores que mantengan la “máxima vigilancia” ante la llegada del tifón Bavi, como si estuviera organizando una fiesta de cumpleaños pero con agua hasta las cejas. El periódico estatal Rodong Sinmun advierte de lluvias intensas y vientos fuertes que podrían dejar al país más empapado que un churro recién salido de la freidora.
Se espera que el tifón se debilite antes de cruzar la zona central a través del mar Amarillo, aunque eso no impide que algunas regiones norte y central reciban entre 80 y 120 milímetros de agua, mientras que las provincias del sur podrían sumar entre 150 y 200 milímetros. Es decir, el cielo parece decidido a regar el país como si estuviera probando un nuevo sistema de riego por inundación total.
Kim Jong Un, citado por el mismo medio, insiste en tomar medidas para minimizar daños, recordando que los desastres naturales golpean con especial dureza a una infraestructura ya de por sí frágil. Mientras tanto, al otro lado de la frontera, Corea del Sur también sufre lluvias torrenciales que han obligado a evacuar a cientos de personas y han dejado a un hombre desaparecido tras ser arrastrado por un río desbordado.
La agencia meteorológica de Seúl pronostica más chubascos para los próximos días, convirtiendo la península en un concurso de quién aguanta más sin mojarse los calcetines. Al final, entre alertas, pronósticos y líderes que exigen vigilancia máxima, Corea del Norte parece ese vecino que, cada vez que llueve, sale al balcón con un cubo y una expresión de “ya estamos otra vez”. Porque cuando el cielo decide castigar, ni los decretos ni las alertas pueden evitar que el agua termine entrando por todas partes.