El líder norcoreano supervisó este viernes los ensayos de “armas de gran escala” como si fuera el dueño de una pirotecnia familiar que decide probar los cohetes antes de la fiesta de fin de año. Según la agencia estatal, probaron un lanzacohetes múltiple de 240 milímetros con 90 kilómetros de alcance, una ojiva especial para misiles tácticos y obuses autopropulsados que llegan hasta 65 kilómetros, todo con más automatización, precisión y ganas de armar relajo.
Kim Jong Un quedó tan satisfecho que declaró que ahora tienen una “postura ofensiva letal y destructiva” para disuadir a los vecinos del sur, como cuando el borracho del barrio saca la escopeta de postas solo para que nadie le toque el asador. Los institutos de defensa cumplieron con el plan quinquenal de desarrollo militar, que en la práctica significa que cada cinco años cambian los fuegos artificiales por algo más ruidoso y caro.
El dictador repitió que todo esto es para autodefensa, aunque suene como decir que uno compra un tanque solo “por si acaso” le invitan a comer los del otro lado de la calle. Los proyectiles ahora llegan más lejos, pegan más duro y se disparan solos, como si los norcoreanos hubieran inventado la versión militar del control remoto que nunca falla.
En resumen, Pyongyang sigue perfeccionando su colección de juguetes explosivos mientras el líder sonríe como quien acaba de ganar el premio mayor en la rifa de misiles. Porque cuando el vecino del norte mejora sus cañones, el del sur ya sabe que la próxima reunión de condominio va a ser más ruidosa que nunca.