António Guterres, el jefe de las Naciones Unidas, soltó la advertencia como si estuviera gritando desde el balcón de un edificio en llamas: la inteligencia artificial avanza a tal velocidad que ni los que la inventan pueden alcanzarla. Según él, necesitamos reglas mundiales ya, porque esta cosa puede cambiar la economía, joder el trabajo, manipular elecciones y hasta decidir quién gana la guerra… todo antes de que alguien termine su café.
En Ginebra, durante el primer Diálogo Global sobre Gobernanza de la IA, Guterres se puso serio y declaró que “si la IA va a ser poderosa, hay que ponerle candado”. El encuentro, que duró dos días, no buscaba firmar un tratado, sino discutir cómo evitar que las máquinas nos hagan trizas mientras seguimos fingiendo que controlamos algo.
El informe de 40 expertos independientes reveló que Estados Unidos concentra el 75% de la potencia de los superordenadores de IA y China el 15%. O sea, el resto del planeta está viendo la película desde el baño, con el WiFi cortado. Más de mil millones de personas ya usan IA conversacional cada semana, pero en los países en desarrollo apenas llegan a pedirle que les explique cómo funciona el microondas.
Lo que más le preocupó a Guterres fue la chiquillería. Contó que hay menores que la IA ha inducido a autolesionarse o les ha hecho creer que es su mejor amigo. “No dejamos que un medicamento llegue a un niño sin probar que es seguro”, dijo, “pero la IA ya está dentro de sus celulares, en sus conversaciones más íntimas y en sus preguntas que ni a los papás se atreven a hacer”. Propuso un “Compromiso de Seguridad Infantil” para que las empresas demuestren que sus sistemas no van a generar imágenes sexuales de menores ni dejar que un niño angustiado hable con una máquina en vez de con un humano.
Mientras tanto, el presidente de Georgia advirtió que la IA podría convertirse en “instrumento de control totalitario y nueva tiranía digital”, como si no tuviéramos ya suficiente con los gobiernos actuales. Y el de Libia exigió que África, con el 10% de la población mundial, deje de tener menos del 2% de los centros de datos. Básicamente: el mundo rico juega con robots que piensan, y el resto sigue usando el mismo teléfono que compró en 2019.
Guterres cerró con optimismo de manual: si se usa bien, la IA podría condensar décadas de desarrollo en años y convertirse en “el gran igualador del siglo XXI”. Claro, siempre y cuando no decida primero que los países en desarrollo son un error de cálculo y los apague como si fueran una luz de pasillo.
En resumen: la máquina ya maneja el volante, Guterres pide que al menos le pongamos frenos, y el resto del planeta sigue en el asiento de atrás preguntando si ya llegamos.