Paseo de la Reforma se transformó en un improvisado lago de chocolate cuando más de 800 mil personas decidieron que ni Tláloc ni las nubes negras arruinarían la celebración del paso perfecto de México en el Mundial. Las sombrillas, al principio escudo contra la tormenta, pronto se volvieron el enemigo público número uno, mientras la multitud exigía a gritos que las bajaran para poder saltar sin obstáculos al charco más cercano.
El primer gol llegó cuando el agua ya cubría los tenis de todos y el ambiente olía a cerveza tibia mezclada con tierra mojada. La euforia fue inmediata: quien tenía paraguas lo lanzó, quien tenía impermeable lo ignoró y los más jóvenes se lanzaron al lodo como ajolotes profesionales, arrastrándose con rodillas y codos en un mini lago que nadie pidió pero todos adoptaron. Los vendedores de latas a 50 pesos vieron su oportunidad y convirtieron la lluvia en el mejor aliado para hidratar gargantas rasposas.
Con el segundo y tercer gol la fiesta ya no necesitaba pantallas. Los mariachis afinaron “Así fue” de Juan Gabriel mientras el sonidero ponía ritmos que obligaban a bailar aunque los zapatos pesaran dos kilos de agua. Shots de tequila aparecieron como por arte de magia y los vasos vacíos se rellenaron con lluvia estancada para lanzarla al vecino más cercano. La tormenta, que empezó como molestia, terminó siendo parte del espectáculo, como si el cielo hubiera decidido unirse a la coreografía.
Al final, nadie recordaba con precisión quién marcó, pero todos sabían que habían ganado. La capital se quedó cubierta de espuma, lodo y una felicidad que ni la más torrencial de las lluvias pudo apagar.