En un operativo que duró lo que tarda un café en enfriarse, la Policía Federal irrumpió en la mansión de Jair Bolsonaro en Brasilia con la orden del juez Alexandre de Moraes de encontrar armas, municiones y papeles que, según las cuentas oficiales, deberían estar allí pero se comportan como suegra en visita: desaparecen cuando más las necesitas.
El magistrado detectó que el expresidente tenía registradas ocho armas pero solo entregó seis. Las dos que faltan se han convertido en las estrellas de un culebrón digno de la televisión vespertina: una la lleva un guardaespaldas como si fuera llavero personal y la otra anda de vacaciones en Río Grande del Sur, en manos de un importador que probablemente la usa para cortar fiambre.
**Resultado del registro:** cero pistolas, cero balas, cero documentos comprometedores. Solo el polvo de las estanterías y el aroma a persecución política flotando en el aire como flatulencia en ascensor lleno.
Desde Washington, el hijo Flávio Bolsonaro ha salido a defender a su padre acusando al Supremo de montar “una cortina de humo” para tapar su gestión contra los aranceles del 25 %. Según el senador, el registro es “vergonzoso” y su familia está “sufriendo” como si les hubieran confiscado el control remoto en plena final del Brasileirão.
Mientras tanto, Bolsonaro sigue en arresto domiciliario, entregando armas como quien devuelve vasos prestados después de una fiesta: tarde, a regañadientes y siempre con alguna que se queda perdida entre los cojines del sofá.