Washington se convirtió esta semana en el escenario de una de las farsas diplomáticas más grandes del año: Líbano e Israel sentados frente a frente, con cara de “esto va en serio”, mientras Irán y Estados Unidos ya habían cerrado el trato por teléfono en otro edificio. Es como cuando dos vecinos discuten por la valla medianera y el casero decide todo por WhatsApp sin que nadie lo invite.
Las autoridades libanesas llegaron con la misma ilusión que el que va a un restaurante pensando que esta vez sí le van a hacer caso: “Negociaciones directas o nada”. Cuatro rondas después, lo único que han conseguido es que los israelíes sigan ocupando el sur del país como si fuera un piso de alquiler que nunca devuelven las llaves. “Queremos un calendario razonable de retirada”, pidieron. Respuesta israelí: “Claro, cuando las ranas críen pelo y Hezbolá se convierta en club de jardinería”.
Mientras tanto, Irán y Estados Unidos firmaron un memorándum que básicamente dijo: “Chicos, parad de pegaros que nos estamos poniendo nerviosos”. El resultado fue una tregua más efectiva que todas las conversaciones directas juntas. Los libaneses se quedaron mirando el papel como el que descubre que su ex ya se ha mudado con otro mientras él seguía discutiendo quién se queda con la freidora.
Un alto cargo libanés lo resumió sin rodeos: “Sigue habiendo un problema de confianza. Nosotros no podemos darles lo que piden y ellos nos dicen que no a todo”. Traducido al lenguaje de la calle: es como intentar llegar a un acuerdo de divorcio cuando una de las partes sigue durmiendo en el sofá y la otra no suelta el mando de la tele.
Israel, por su parte, ha dejado claro que su objetivo es “desarmar a Hezbolá y conseguir la paz”. O sea, quieren que el grupo armado entregue las armas como quien deja las llaves del coche después de un accidente. Hezbolá ha respondido con la elegancia de siempre: ni hablar. El gobierno libanés, mientras, camina sobre cáscaras de huevo desde 2025 porque desarmar a Hezbolá sin que estalle una guerra civil es tan fácil como quitarle el chupete a un niño de dos años sin que monte un número.
Al final, las conversaciones de tres días en Washington tienen el mismo nivel de expectativas que una cita a ciegas organizada por tu tía: todo el mundo sabe que va a acabar mal, pero alguien tiene que pagar la cuenta. Líbano sigue exigiendo que Israel se vaya. Israel sigue respondiendo que se quedará “el tiempo que haga falta”. Y el público, como siempre, se queda esperando el próximo capítulo de esta telenovela que ya dura demasiado y nadie sabe quién es el guionista.