Resulta que según la FAO, en junio los precios mundiales de la comida retrocedieron un módico 0.3 por ciento, como si el mercado hubiera decidido hacer una dieta express después de las fiestas. La culpa la tuvieron los cereales, los lácteos y el azúcar, que bajaron como el ánimo de un oficinista un lunes por la mañana. Sin embargo, el índice anual sigue un 2.2 por ciento más alto gracias a la guerra en Oriente Medio, que encareció la energía como si el barril de petróleo se hubiera vuelto caviar.
Los cereales cayeron un 3.5 por ciento porque el trigo y el maíz sudamericano están en plena cosecha y parecen haber decidido multiplicarse como conejos en primavera. El azúcar bajó un 5.7 por ciento por el bajón del etanol en Brasil, aunque todos miran de reojo a El Niño, ese fenómeno climático que se comporta como un sobrino malcriado dispuesto a fastidiar las cosechas de India y Tailandia. Mientras tanto, los aceites vegetales subieron un 3.8 por ciento, impulsados por la demanda de biocombustibles, y la carne alcanzó un récord histórico con un alza del 0.5 por ciento, sobre todo la avicultura, que ahora presume más que un influencer en redes.
La FAO pronostica para 2026 una cosecha de cereales de casi 3.000 millones de toneladas, la segunda más grande de la historia, aunque advierte que el trigo podría encogerse por culpa de El Niño, que amenaza con convertir a Australia en un desierto de película de vaqueros. El arroz también bajaría un poco, como si el planeta hubiera decidido que ya basta de tanto carbohidrato.
En resumen, podemos respirar aliviados porque la cesta de la compra no se disparó, pero con El Niño merodeando como un cobrador de deudas, lo mejor es prepararse para comer más aire y menos pan. Porque al final, cuando el clima se pone en modo venganza, hasta el azúcar termina amargándonos la vida.