El presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, ha dejado claro que su gobierno no se va a quedar “llorando” por el arancel del 25% que Estados Unidos ha impuesto a varios productos del país. Según Lula, si no les venden a los yanquis, buscarán otros compradores, como quien pierde un cliente en la feria y se va a ofrecer la mercancía al puesto de al lado.
El mandatario anunció un plan de créditos por 18.500 millones de reales para los sectores afectados y aseguró que Brasil no va a abandonar la mesa de negociación, aunque los otros no quieran sentarse. “Ellos son los que no quieren negociar”, soltó, mientras el vicepresidente Geraldo Alckmin ya había bajado el tono para evitar represalias.
Los productos castigados son maquinaria, calzado, madera y plásticos. La carne y el café, por suerte, se libran del golpe. Lula, que se enfrenta en octubre al senador Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro y aliado de Donald Trump, sabe que este asunto puede convertirse en munición electoral. Por eso ya prepara la excusa de que “no vamos a quedarnos quietos”.
Además, Washington amenaza con otra subida del 12,5% a varios países, Brasil incluido, por no prohibir importaciones de bienes fabricados con trabajo forzado. El gobierno brasileño lo niega y espera que no se acumulen los gravámenes, porque entonces la cuenta sale todavía más cara.
En resumen, Lula dice que Brasil no va a ponerse a llorar como un niño al que le quitan el juguete, sino que saldrá a buscar nuevos mercados con la misma cara de pocos amigos que pone quien se queda sin mesa en el restaurante y decide probar en el de enfrente. Porque en este juego de tarifas y reproches, lo único que parece claro es que al final quien paga la cuenta es siempre el mismo: el que tiene que vender la mercancía aunque le pongan el precio que le dé la gana el otro.