Ginebra. Mientras los líderes del G7 discutían misiles y agua embotellada, Lula da Silva soltó la advertencia directa: “Las elecciones de Brasil son cosa de Brasil, no de emperadores gringos”. Trump, fiel a su estilo de reality show, replicó que el país se ha vuelto “un poco duro y políticamente peligroso”. Dicho en cristiano: “Me caes mal, Lula, y además tu barrio me da miedo”.
El republicano ya tiene costumbre de respaldar a la derecha latinoamericana: en Argentina, Colombia, Honduras… y ahora hasta se reunió con Flávio Bolsonaro, al que definió como “un joven inteligente que ama a su país”. Días después, Washington etiquetó como terroristas al Primeiro Comando da Capital y al Comando Vermelho, los dos narcos más grandes de Brasil, y amenazó con subir aranceles a los productos brasileños. Lula respondió acusando a Trump de comportarse como un “emperador” del mundo. Porque nada dice “diplomacia” como un presidente que te pone la cruz de terrorista y luego te cobra más por el café.
Las tensiones vienen de 2025, cuando Estados Unidos impuso aranceles por el juicio contra Bolsonaro, condenado a 27 años por golpismo. Ahora Lula busca la reelección en octubre y Trump ya tiene su candidato preferido. El brasileño lo resumió sin rodeos: “Tienes derecho a tus preferencias, pero las urnas son mías”.
Resumen del numerito alpino: Lula pone límites como un portero de discoteca, Trump responde con etiquetas de terrorista y aranceles, y Brasil se queda en medio preguntándose si las elecciones las decidirá el voto… o el capricho del emperador de Washington. ¡Viva la soberanía con sabor a café caro!