El gobierno de Estados Unidos anunció este martes sanciones contra cinco empresas cubanas del conglomerado Gaesa, ese imperio militar-empresarial que controla desde los almacenes hasta los bancos y las siderúrgicas, y que según Washington es el verdadero músculo que financia el régimen. Las afectadas son Almacenes Universales, la financiera Rafin, el Banco Financiero Internacional, Geominera y la famosa Antillana de Acero. Todas quedan fuera del sistema financiero yanqui, sin poder mover un centavo ni tocar propiedad alguna en territorio estadounidense.
Pero la guinda del pastel la puso Annalie Lilliam Rueda Cardero, esposa de Alejandro Castro Espín, hijo de Raúl Castro. Ella también entra en la lista negra, sumándose a las sanciones que ya pesaban sobre su marido y sobre el propio presidente Miguel Díaz-Canel. Rubio lo dejó claro: Gaesa es “el músculo financiero detrás del aparato represivo”, y estas medidas buscan asfixiarlo mientras Cuba atraviesa su peor crisis económica en décadas, con bloqueo petrolero incluido.
Alejandro Castro Espín, de 60 años, fue el mismo que participó en las negociaciones secretas que en 2015 llevaron al breve deshielo entre La Habana y Washington. Ahora su familia política, que según algunos medios vive en Florida, se queda sin poder hacer negocios con socios estadounidenses. Es como si el Tío Sam hubiera decidido convertir a Gaesa en el villano de una telenovela de espías donde el que mueve dinero militar termina congelado como un mojito sin ron.
Mientras tanto, la lista de sanciones sigue creciendo y el mensaje es claro: nada de relaciones económicas, nada de cuentas bancarias y mucho menos de activos en suelo americano. Cuba, que ya lidia con apagones, escasez y protestas, recibe otro golpe justo cuando más lo necesita. Rubio lo celebró como quien gana una partida de dominó con todas las fichas.
En resumen: Washington sigue jugando al ajedrez con la economía cubana, Gaesa se queda sin oxígeno financiero y la familia Castro amplía su colección de prohibiciones como si fuera un álbum de cromos. Todo muy serio, muy adulto y muy propio de una isla donde hasta para mover acero o dinero hay que pedir permiso al Departamento de Estado… y donde la respuesta siempre es la misma: ni hablar.